Con la llegada del calorcito (demasiado calor ya por aquí...), me vinieron a la cabeza aquellas tardes comiendo los mejores polos del mundo con mis primos.
Aquellas tardes en las que nos íbamos a dar la vuelta a la manzana, pasábamos por la casa de su abuela y nos comíamos todos los que ella tenía.
Cuando nos hacíamos los cocinitas y nos pasábamos toda la tarde en la cocina haciéndolos, esperando que estuvieran congelados y luego ¡comiéndolos!










